Mujercitas
Mujercitas ¿Qué tramarán ahora estas muchachas?, se preguntó Laurie abriendo los somnolientos ojos para observar con atención a sus vecinas, que tenían un aspecto curioso. Todas llevaban un gran sombrero, una bolsa de lino marrón colgada del hombro y algo en la mano. Meg llevaba un cojín, Jo un libro, Beth un cazo y Amy una carpeta. Recorrieron en silencio el jardín, salieron por la puerta pequeña y empezaron a subir por la colina que separaba la casa del río.
Vaya, ¡qué simpáticas!, se dijo Laurie. Organizan un picnic y ni me avisan. No podrán ir en bote porque no tienen la llave del cobertizo. Tal vez no lo recuerdan; se la llevaré y averiguaré qué planes tienen.
Aunque tenía media docena de sombreros, tardó un buen rato en dar con uno; luego se entretuvo buscando la llave, que al final encontró en su bolsillo, de modo que cuando saltó la valla ya no se veía a las jóvenes, por lo que echó a correr. Tomó un atajo hacia el cobertizo y esperó a que llegaran pero, al ver que no se acercaba nadie, subió a la cima de la colina para echar un vistazo. La colina estaba en parte cubierta por un hermoso pinar, y del corazón de aquel verde paraje llegó a sus oídos un sonido que se destacaba entre el murmullo de las ramas mecidas por el viento y el chirrido de los grillos.
¡Menuda escena!, pensó Laurie mirando entre unos matorrales, mucho más despierto y animado.