Mujercitas

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Y en verdad era una bonita estampa; las jóvenes se habían sentado en un lugar fresco, donde la luz del sol se alternaba con las sombras; el viento, cargado de fragancias, jugaba con sus melenas y aliviaba el calor de sus mejillas, mientras los habitantes del bosque seguían con su ir y venir, sin inmutarse, como si en lugar de intrusas, las hermanas fuesen viejas amigas. Sentada en el cojín, Meg cosía con sus blancas manos, muy elegante, y con su vestido rosa se la veía lozana y dulce como una flor en medio del verde paraje. Beth estaba recogiendo unas piñas que había bajo una planta de cicuta para hacer adornos con ellas. Amy dibujaba unos helechos y Jo calcetaba y leía en voz alta. Una sombra cruzó el semblante del joven mientras las observaba, y pensó que lo correcto era marcharse, puesto que nadie le había invitado; sin embargo, no se decidía a irse ya que su casa le parecía un lugar solitario y la pequeña reunión informal en el bosque resultaba mucho más atractiva a su ánimo inquieto. Continuó mirando a las jóvenes, sin moverse, hasta que una ardilla que estaba juntando comida bajó de un pino cercano, se asustó al verle y se retiró con un chillido tan agudo que Beth levantó la cabeza, vio el rostro de su amigo y sonrió.

—¿Puedo unirme a vosotras o sería un estorbo? —preguntó saliendo con prudencia de su escondite.


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