Mujercitas
Mujercitas Meg arqueó las cejas, pero Jo lanzó a su hermana una mirada de reprobación y dijo al instante:
—Claro que puedes. DeberÃamos haberte invitado de entrada, pero pensamos que te aburrirÃas con actividades tan femeninas.
—A mà me encanta estar con vosotras pero, si Meg no está cómoda, me iré.
—No tengo inconveniente en que nos acompañes, siempre que te ocupes en algo; aquà no se puede hacer el vago, va contra las normas —explicó Meg, muy seria pero en tono amable.
—Muchas gracias, haré lo que sea si me dejáis quedarme un rato. Mi casa es más aburrida que el desierto del Sahara. ¿Qué he de hacer? ¿Coser, leer, recoger piñas, dibujar o todo a la vez? Dadme algo, estoy listo. —Dicho esto, Laurie se sentó en una actitud sumisa que resultaba encantadora.
—Sigue leyendo mientras me acomodo mejor —dijo Jo tendiéndole el libro.
—A sus órdenes, señora —respondió él mansamente, y empezó a leer, esmerándose mucho para mostrar la gratitud que sentÃa al ser admitido en el Club de las Abejas Laboriosas.
El cuento no era largo y, al terminar, se atrevió a preguntar:
—Por favor, señoras… ¿podrÃan decirme si este encantador e instructivo club es nuevo?