Mujercitas
Mujercitas —SÃ, yo deberÃa haber hecho lo mismo —dijo Laurie, arrepentido del tiempo que habÃa perdido holgazaneando.
—Mamá nos anima a que hagamos cosas al aire libre, por lo que decidimos traer aquà el trabajo y pasar un buen rato. Y, para que fuese más divertido, cada una metió sus cosas en una bolsa, se puso un sombrero viejo y subimos por la colina ayudadas con un bastón, como si fuésemos peregrinos, como hace años. Esta colina es nuestra montaña de las Delicias particular, ya que, como en el libro, desde ella podemos mirar a lo lejos y ver el paÃs en el que esperamos vivir algún dÃa.
Jo señaló el horizonte y Laurie se enderezó para contemplarlo; a través de un claro del bosque, al otro lado del rÃo, ancho y azul, donde se extendÃan las praderas, y más allá de la ciudad, se divisaban unas verdes colinas que ascendÃan hacia el cielo. El sol estaba bajo y el cielo, iluminado con el esplendor de un crepúsculo otoñal. Sobre las cimas de las colinas descansaban nubes doradas y púrpuras, y en medio de aquella luz rojiza destacaban blancos picos plateados que se elevaban hacia el cielo como los etéreos pináculos de la Ciudad Celestial.
—¡Qué hermoso paisaje! —murmuró Laurie, que era muy sensible a la belleza.