Mujercitas
Mujercitas —Casi siempre lo es y nos gusta mucho verlo. Cambia cada dÃa, pero siempre es magnÃfico —apuntó Amy, que soñaba con poder pintarlo.
—Jo ha hablado del paÃs en el que esperamos vivir. Se refiere al campo, con cerdos y gallinas y henares; ojalá ese hermoso lugar existiese de verdad y pudiésemos ir allà algún dÃa —musitó Beth.
—Existe un lugar aún más hermoso al que iremos todas si nos portamos bien, cuando nos llegue el momento —repuso Meg con dulzura.
—Pero la espera es muy larga, y el camino difÃcil. Me gustarÃa echar a volar, como hacen esas golondrinas, y cruzar esa magnÃfica puerta.
—Llegarás, sin duda, Beth, antes o después. No temas —dijo Jo—. Yo no lo tengo fácil; tendré que trabajar, esforzarme, subir y esperar, y tal vez, a pesar de todo, no lo consiga nunca.
—Bueno, si te sirve de consuelo, yo te acompañaré. Tengo mucho camino que recorrer hasta llegar a la Ciudad Celestial de la que habláis. Si tardo mucho, ¿intercederás por mÃ, Beth?
Hubo algo en la expresión del muchacho que turbó a su amiga, que sin embargo contestó con alegrÃa, mirando las nubes que se movÃan en el cielo: