Mujercitas
Mujercitas —Creo que, si alguien desea de veras alcanzarla y se esfuerza toda la vida, al final no puede sino llegar. Estoy segura de que sus puertas no están cerradas ni tienen guardias custodiándolas. Siempre he pensado que debe de ser como este paisaje de la ilustración, donde los Resplandecientes tienden las manos para recibir al Pobre Cristiano que se acerca a ello tras atravesar el rÃo.
—¿No serÃa estupendo que los castillos que construimos en el aire se volviesen reales y pudiésemos vivir en ellos? —apuntó Jo tras una breve pausa.
—Yo he construido tantos que me costarÃa elegir uno —afirmó Laurie, tumbado en el suelo, mientras lanzaba piñas a la ardilla que habÃa delatado su presencia.
—Elige tu favorito. ¿Cuál serÃa? —preguntó Meg.
—Si te lo digo, ¿me dirás cuál es el tuyo?
—SÃ, si las demás lo dicen también.
—Lo haremos. Laurie, empieza.
—Después de viajar por todo el mundo, me gustarÃa vivir en Alemania y dedicarme a la música. Me convertirÃa en un músico muy famoso y todos querrÃan oÃrme tocar; no tendrÃa que preocuparme por el dinero o por los negocios, porque me ganarÃa la vida haciendo lo que más me gusta. Ése es mi sueño favorito. ¿Cuál es el tuyo, Meg?