Mujercitas
Mujercitas A Margaret parecÃa costarle compartir el suyo, y agitó una hoja de helecho delante de su cara, como para apartar mosquitos imaginarios, mientras decÃa:
—Me gustarÃa tener una casa bonita, llena de toda clase de lujos, con buena comida, ropa hermosa, muebles elegantes, gente agradable a mi alrededor y montañas de dinero. Yo serÃa la dueña de todo y lo dirigirÃa a mi antojo pero, como tendrÃa un ejército de criados a mi cargo, no tendrÃa que trabajar. ¡Qué bien lo pasarÃa! Porque no estarÃa todo el dÃa de brazos cruzados, sino que harÃa buenas obras por las que todo el mundo me querrÃa.

—¿Y no habrÃa un señor de la casa? —aventuró Laurie con picardÃa.
—Bueno, como he dicho, tendrÃa «gente agradable» alrededor —dijo Meg atándose el zapato para ocultar su rostro.
—¿Y por qué no dices abiertamente que quieres un marido bueno, generoso e inteligente, y un coro de niños angelicales? Y que sin eso un hogar no serÃa perfecto —espetó Jo, que no compartÃa la visión romántica de su hermana y solo mostraba interés por las historias de amor que aparecÃan en los libros.
—Y en el tuyo solo habrÃa caballos, recados de escribir y novelas —replicó Meg enfadada.