Mujercitas

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—¡Por Dios! ¡Qué viejos seremos! ¡Yo tendré veintisiete años! —exclamó Meg, que ya se sentía adulta a los diecisiete.

—Sí, Laurie y yo tendremos veintiséis; Beth habrá cumplido veinticuatro, y Amy, veintidós. ¡Un grupo de lo más venerable! —Comentó Jo.

—Espero que para entonces haya hecho algo de lo que sentirme orgulloso, pero soy tan perezoso que mucho me temo que solo habré haraganeado, Jo.

—Mamá dice que solo necesitas encontrar un propósito y que, cuando lo tengas, trabajarás de firme.

—¿Eso dice? Por Júpiter que lo haría si pudiera —exclamó Laurie, que se incorporó lleno de energía—. Sé que debería complacer a mi abuelo, y lo intento, pero lo hago a contrapelo y me resulta muy penoso. Quiere que vaya a la India y me haga comerciante, como lo fue él, pero yo preferiría que me pegasen un tiro; odio el té, la seda, las especias y todas las porquerías que transportan sus viejos barcos y, cuando sean míos, me traerá sin cuidado que se hundan. Supongo que quiere que vaya a la universidad porque así dispondrá de cuatro años más para preparar el traspaso del negocio. Todo está previsto y tengo que seguir el plan o, si quiero ser feliz, tendré que irme como lo hizo mi padre. Si no fuera porque el viejo se quedaría solo, me iría mañana mismo.


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