Mujercitas
Mujercitas —¿Qué sabes de él? —preguntó Laurie. AgradecÃa el acertado consejo, pero le habÃa molestado el tono de sermón y se alegraba de que dejaran de hablar de él, tras aquella espontánea y poco habitual confesión.
—Solo lo que tu abuelo le ha contado a mamá; que cuidó de su madre hasta que murió y no aceptó una buena oferta de trabajo en el extranjero por no dejarla sola, y que ahora se ocupa de una anciana niñera de su madre sin decir nada a nadie. Que es un hombre generoso, paciente y bueno.
—¡Caray con el bueno de mi amigo! —dijo Laurie sinceramente conmovido, mientras Meg, ruborizada, hacÃa una pausa, emocionada con la historia—. Es muy propio de mi abuelo averiguarlo todo de él sin decir nada y contar a los demás lo bueno que es para que le aprecien por lo que vale. Brooke no se explicaba por qué tu madre se mostró tan amable con él, le invitó a ir a casa conmigo y le acogió con cariño, como a un buen amigo. Lo interpretó como una muestra de la perfección de tu madre y no dejó de alabarla ni de hablar de ti durante dÃas, muy impresionado. Si cumplo mi sueño, haré lo que pueda por ayudarle.
—PodrÃas empezar a hacer algo ahora no atormentándole —replicó Meg con dureza.
—¿De dónde sacas que le atormento?