Mujercitas
Mujercitas —¿Podré volver aquÃ, con vosotras? —preguntó Laurie.
—SÃ, si te portas bien y estudias como hacen los buenos chicos —contestó Meg con una sonrisa.
—Haré lo posible.
—Entonces, serás bienvenido; yo te enseñaré a calcetar como los escoceses. Hay una gran demanda de calcetines —añadió Jo agitando un calcetÃn azul a modo de bandera, en el momento en que se despedÃan en la verja.
Aquella noche, mientras Beth tocaba para el señor Laurence, a media luz, Laurie se escondió tras una cortina y escuchó al pequeño David, cuya música tenÃa la cualidad de aquietar su agitado espÃritu, y observó al anciano de cabellos grises sentado en la silla, que con la cabeza apoyada en la mano recordaba con ternura a la nieta perdida a la que tanto habÃa querido. El joven recordó la conversación que habÃa mantenido con Meg aquella tarde y se dijo, resuelto a hacer un sacrificio: Abandonaré mi sueño por estar con mi querido abuelo mientras me necesite. No tiene a nadie más.
