Mujercitas
Mujercitas —Te ruego que no te ofendas; no pretendía darte un sermón, ni contar chismes ni comportarme como una tonta. Simplemente me ha dado la sensación de que Jo te alentaba a hacer algo de lo que te podrías arrepentir con el tiempo. Eres muy bueno con nosotras y te consideramos casi un hermano, por eso me animo a decirte lo que pienso. Te pido que me perdones, no tenía intención de herirte. —Y Meg le tendió la mano en un gesto que era a la vez afectuoso y tímido.
Avergonzado por haberse ofendido, Laurie le estrechó la mano y dijo con franqueza:
—Soy yo quien debe excusarse, llevo todo el día de mal humor. No dejes de señalarme mis defectos y considerarme un hermano, y no te preocupes si a veces me pongo un poco gruñón. Yo te lo agradezco igual.
El muchacho hizo una reverencia para mostrar que no estaba enfadado y a partir de entonces estuvo encantador. Devanó el hilo de algodón de Meg, recitó poesía para complacer a Jo, recogió piñas para Beth y ayudó a Amy con los helechos, de modo que hizo méritos suficientes para integrarse en el Club de las Abejas Laboriosas. Y cuando charlaban animadamente sobre los hábitos de las tortugas —tras ver a una de esas amigables criaturas salir del río— oyeron el lejano sonido de una campanilla que indicaba que Hannah estaba a punto de servir el té y tenían que volver a casa para cenar.