Mujercitas
Mujercitas Reclinada en el sillón, leyó el manuscrito de principio a fin, con suma atención, introduciendo, aquí y allá, correcciones y signos de admiración que parecían pequeños globos; por último, ató el fajo de cuartillas con una cinta roja y lo contempló con una expresión grave y formal, que indicaba con qué seriedad se tomaba su obra. Jo había convertido en pupitre una vieja cocina metálica que había junto a una pared. En su interior, guardaba sus escritos y unos cuantos libros para protegerlos del interés de Scrabble, que resultó ser también un auténtico aficionado a la literatura y no dudaba en mordisquear las hojas de cuantas obras encontraba a su paso. Jo sacó un segundo manuscrito de su escondite, se guardó ambos en el bolsillo y bajó en silencio por las escaleras, mientras sus amigos roían las plumas y probaban la tinta.
Se puso el sombrero y la chaqueta con el mayor sigilo posible, se encaminó hacia la ventana trasera, se encaramó al tejado del pequeño porche, se descolgó hasta el césped y se dirigió a la carretera dando un rodeo. Se alisó el vestido, hizo una seña a un ómnibus que pasaba y se marchó a la ciudad con una expresión alegre y misteriosa en el rostro.