Mujercitas
Mujercitas De haberla observado alguien, hubiese pensado que había algo raro en sus movimientos, porque tras bajar del ómnibus la joven se dirigió a buen paso a un determinado número de una calle muy concurrida; tras dar con el lugar, no sin cierta dificultad, entró en el portal, echó un vistazo a las sucias escaleras, se quedó parada unos minutos, salió nuevamente a la calle y se alejó tan deprisa como había llegado. Repitió la operación varias veces, para mayor diversión de un joven de ojos negros asomado a una ventana del edificio de enfrente. Al tercer intento, Jo meneó la cabeza, se caló el sombrero y subió por las escaleras como si fuese a que le arrancaran todas las muelas.
En la entrada había, entre otros, un rótulo de dentista, y tras echar un vistazo a las dos mandíbulas artificiales que se abrían y cerraban lentamente mostrando una perfecta dentadura, el joven caballero de la ventana se puso el abrigo, cogió el sombrero y bajó para esperar frente a la entrada, diciéndose con una sonrisa y un escalofrío: Es muy propio de ella venir sola pero, si pasa un mal rato, le vendrá bien que alguien la acompañe a casa.