Mujercitas

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A los diez minutos, Jo bajó corriendo por las escaleras con el rostro encendido y aspecto de haber pasado una dura prueba. Su reacción al ver al joven no fue precisamente de alegría; le saludó con un gesto y pasó de largo. Él la siguió y le preguntó con cara de compasión:

—¿Has pasado un mal rato?

—No demasiado.

—Has salido enseguida.

—Sí, ¡gracias a Dios!

—¿Por qué has venido sola?

—No quería que nadie lo supiera.

—Eres la muchacha más rara que conozco. ¿Cuántas te han sacado?

Jo miró a su amigo sin entender y, después, se echó a reír con ganas.

—Quiero que me saquen dos, pero tendré que esperar una semana más.

—¿Qué te hace tanta gracia? ¿Qué estás tramando, Jo? —preguntó Laurie, perplejo.

—Lo mismo digo. ¿Se puede saber que hacía usted, señor, en un salón de billar?

—Discúlpeme, señora, pero no es un salón de billar, sino un gimnasio, y estaba tomando clases de esgrima.

—¡Me alegra oír eso!

—¿Por qué?


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