Mujercitas

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Jo cogió un resfriado por no cubrirse la cabeza, que ya no contaba con la protección de la melena, y tuvo que quedarse en casa hasta recuperarse porque a la tía March no le gustaba que le leyesen con la voz tomada. A Jo le vino de maravilla y, después de poner patas arriba la casa, del desván hasta la bodega, se acurrucó en el sofá para tratar su resfriado con arsénico y libros. Amy descubrió que las labores del hogar y el arte no eran compatibles y volvió a sus figuras de arcilla. Meg iba todos los días a la casa de los King y cosía, o fingía hacerlo, porque pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo largas cartas a su madre o leyendo las que recibían de Washington. Beth continuó ocupándose de las tareas domésticas con pequeñas concesiones a la pereza o a la preocupación. Cada día cumplía puntualmente con sus obligaciones, y muchas veces también con las de sus hermanas, que tendían a olvidarse, y la casa funcionaba tan mal como un reloj sin péndulo. Cuando echaba de menos a su madre o temía por su padre, iba a un determinado armario, escondía el rostro en los pliegues de cierto vestido, lloraba un poco y rezaba una oración en silencio. Nadie sabía cómo superaba aquellos momentos de tristeza, pero todas apreciaban la dulzura y buena de disposición de Beth, cuyo apoyo y consejo buscaban para resolver pequeños problemas.



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