Mujercitas

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Al ver que Beth hablaba muy en serio, Meg prometió que iría al día siguiente.

—Pídele a Hannah que les prepare algo de comer y llévaselo. Te sentará bien tomar el aire, Beth —dijo Jo, y añadió a modo de disculpa—: Lo haría yo, pero he de terminar este cuento.

—Me duele la cabeza y estoy cansada. Confiaba en que alguna de vosotras podría ir —dijo Beth.

—Amy no tardará en volver y seguramente podrá hacernos ese favor —comentó Meg.

—Está bien, descansaré un rato mientras llega.

Así pues Beth se estiró en el sofá, las demás retomaron sus tareas y nadie volvió a pensar en los Hummel. Una hora después, Amy todavía no había vuelto, Meg fue a su habitación para probarse un vestido nuevo, Jo estaba totalmente concentrada en su cuento y Hannah se había quedado dormida junto al fuego, en la cocina.

Sin decir nada, Beth se puso el sombrero, llenó un cesto con alimentos para los pobres niños y salió al aire helado de la calle, con la mente embotada y una expresión de pesadumbre en sus pacientes ojos. Cuando regresó era ya tarde, y nadie la vio subir por las escaleras y encerrarse en la habitación de su madre. Media hora después, Jo fue a buscar algo al armario de su madre y encontró a Beth sentada ante el botiquín, muy seria, con los ojos rojos y una botella de alcanfor en la mano.


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