Mujercitas
Mujercitas —Me quedé allÃ, sentada, con el niño en brazos, hasta que la señora Hummel volvió a casa con el médico. Confirmó que estaba muerto y examinó a Heinrich y Minna, que tienen mal la garganta. «Tienen la escarlatina, señora; deberÃa haberme avisado antes», dijo enfadado. La señora Hummel le explicó que era pobre y por eso habÃa intentado curar al niño por sà misma, pero ahora ya era tarde para el pequeño, de modo que le rogó que la ayudase con los otros aunque no pudiese pagarle. El médico sonrió a los niños y los trató con amabilidad, pero la actuación era tan triste que me puse a llorar, hasta que el doctor se volvió hacia mà y me dijo que si no iba a casa y tomaba belladona enseguida yo también caerÃa enferma.
—¡No, eso no ocurrirá! —exclamó Jo estrechándola entre sus brazos, con expresión asustada—. ¡Oh, Beth, si te pusieras enferma, no me lo perdonarÃa nunca! ¿Qué podemos hacer?
—No te asustes, supongo que no será muy fuerte. He consultado el libro de medicina de mamá y dice que los primeros sÃntomas son dolor de cabeza, de garganta y sensación de malestar general, que es lo que yo tengo. He tomado belladona y ya me siento mejor —explicó Beth, que se llevó las manos frÃas a la frente, caliente, y simuló estar mejor de lo que estaba.