Mujercitas
Mujercitas —¡Si por lo menos mamá estuviese en casa! —se lamentó Jo cogiendo el libro y pensando que Washington estaba demasiado lejos. Leyó una página, se volvió hacia Beth, le tocó la frente, le miró la garganta y dijo muy seria—: Has estado con el niño durante toda la semana y has convivido con sus hermanos, que también deben de estar enfermos. Mucho me temo que vas a pasar la escarlatina, Beth. Llamaré a Hannah, ella entiende de enfermedades.
—No dejes que Amy se acerque; ella no la ha pasado aún y no quiero contagiarla. ¿Meg y tú podéis volver a contraerla? —preguntó Beth, angustiada.
—No lo creo, y tampoco me importa. Me estarÃa bien empleado por ser una cerda egoÃsta y quedarme escribiendo tonterÃas en lugar de ir en tu lugar —musitó Jo mientras iba a buscar a Hannah.
La buena de Hannah se despertó enseguida y se hizo cargo de la situación de inmediato. Aseguró a Jo que no tenÃa por qué preocuparse; todo el mundo pasaba la escarlatina tarde o temprano y, si se trataba adecuadamente, la enfermedad no era mortal. Jo creyó sus palabras y fue a avisar a Meg mucho más aliviada.