Mujercitas
Mujercitas —¿Puedo ir contigo a darles las cosas a los niños pobres? —inquirió Beth con entusiasmo.
—Yo llevaré los panecillos y la mantequilla —añadió Amy, que ofrecÃa heroicamente sus alimentos favoritos.
Meg ya estaba cubriendo el pastel y colocando los bollos en una bandeja.
—Estaba segura de que lo harÃais —exclamó la señora March sonriendo satisfecha—. Acompañadme todas y, cuando volvamos, comeremos pan con leche. Prometo compensaros a la hora de la cena.
Enseguida lo tuvieron todo listo y salieron en procesión. Por fortuna, era temprano y fueron por calles secundarias, por lo que pocas personas las vieron, y nadie se rió del divertido espectáculo que daban.

Encontraron una habitación pobre, vacÃa y miserable, con los cristales de las ventanas rotos, sin fuego en la chimenea. Una madre enferma, un recién nacido que lloraba y un grupo de niños pálidos y hambrientos que buscaban cobijo bajo unas sábanas andrajosas y una colcha vieja, en un intento de protegerse del frÃo. Al ver entrar a las jóvenes, abrieron de par en par sus grandes ojos y esbozaron una sonrisa con sus labios amoratados.
—¡Oh, mein Gott! ¡Dios nos ha enviado a sus ángeles! —exclamó la pobre mujer llorando de alegrÃa.