Mujercitas
Mujercitas —Veréis, esta mañana, después de leer y comentar que debÃamos ser buenas, me avergoncé de mi regalo, de modo que decidà correr a la tienda y cambiarlo de inmediato. Y estoy encantada, porque ahora mi regalo es el mejor de todos.
Un segundo portazo mandó de nuevo el cesto bajo el sofá y las muchachas se sentaron a la mesa, ansiosas por desayunar.
—¡Feliz Navidad, Marmee! Gracias por los libros, hemos empezado a leerlos y les dedicaremos un rato cada dÃa —exclamaron al unÃsono.
—¡Feliz Navidad, queridas hijas! Me alegra que hayáis iniciado la lectura y confÃo en que seréis perseverantes. Pero antes de sentarme a la mesa os quiero contar algo. Cerca de aquà hay una pobre mujer con un recién nacido. Sus seis hijos duermen acurrucados en una cama para no morir congelados, porque no tienen leña con la que calentarse. No tienen nada que llevarse a la boca y el hijo mayor vino a contarme que se mueren de hambre y de frÃo. Niñas, ¿os importarÃa darles vuestro desayuno como regalo de Navidad?
Todas tenÃan mucha hambre porque llevaban más de una hora esperando el desayuno, y al principio ninguna dijo nada. Pero, al cabo de un minuto, Jo exclamó impetuosamente:
—¡Me alegro de que hayas llegado antes de que empezásemos a comer!