Mujercitas
Mujercitas —¿Acaso no está bien? Me pareció que era mejor asà porque las iniciales de Meg son «M. M.» y no quiero que nadie use los pañuelos de Marmee —explicó Beth, turbada.
—Está bien, querida, es una buena idea, y muy sensata, porque asà nadie se podrá equivocar. Le va a encantar, estoy segura —intervino Meg frunciéndole el entrecejo a Jo y sonriendo a Beth.
—Ahà viene mamá, ¡corre, esconde el cesto! —exclamó Jo cuando se abrió la puerta de la entrada y se oyeron unos pasos en el vestÃbulo.
Amy irrumpió apresuradamente y se avergonzó al observar que sus hermanas la estaban esperando.
—¿Dónde estabas y qué ocultas ahà detrás? —preguntó Meg, perpleja al ver, por el abrigo y el gorro, que su perezosa hermana menor habÃa salido a la calle tan temprano.
—No te rÃas de mÃ, Jo. No querÃa que nadie lo supiese antes de tiempo. He ido a cambiar el frasco de colonia por otro mayor. Me he gastado todo mi dinero porque trato de dejar de ser egoÃsta.
Al decir esto, Amy mostró el hermoso frasco que sustituÃa el anterior, más barato. Su esfuerzo por ser humilde y olvidarse de sà misma enterneció a Meg, que se acercó a darle un abrazo; Jo dijo estar impresionada y Beth corrió hacia la ventana y cogió una de sus mejores rosas para adornar el imponente frasco.