Mujercitas
Mujercitas —Menudos ángeles, ¡con gorros y mitones! —apuntó Jo, y todos se echaron a reÃr.
Transcurridos unos minutos, daba realmente la sensación de que los buenos espÃritus se habÃan puesto a trabajar. Hannah, que habÃa llevado leña, encendió la lumbre y tapó los huecos de los cristales con unos sombreros viejos y su propio chal. La señora March sirvió a la madre té con gachas y la consoló y le prometió ayuda mientras cambiaba al bebé con tanta ternura como si fuese suyo. Las chicas, entretanto, pusieron la mesa, colocaron a los niños junto al fuego y les dieron de comer como a pajarillos hambrientos, riendo, charlando y tratando de entender su divertido chapurreo.
—Das ist gute! Der angel-kinder! —exclamaban las pobres criaturitas al tiempo que comÃan y acercaban sus manos púrpuras de frÃo al calor del hogar. Las muchachas no estaban acostumbradas a que las llamaran «ángeles», y les pareció muy agradable, especialmente a Jo, a la que todos consideraban un verdadero «Sancho» desde que nació. Aquél fue un feliz desayuno, aunque ellas no probaran bocado, y cuando se marcharon, después de dar consuelo a la pobre familia, no creo que hubiera en la ciudad unas muchachas más dichosas que las cuatro hambrientas jovencitas que habÃan regalado su desayuno y se conformaron con el pan con leche que comieron al volver a casa, aquella mañana de Navidad.