Mujercitas
Mujercitas —Esto es amar al prójimo más que a uno mismo y me ha encantado —afirmó Meg mientras preparaban los regalos para su madre, que estaba en el piso de arriba, buscando ropa para los pobres Hummel.
Los regalos no eran muy lujosos, pero los habían adquirido con mucho amor y estaban dispuestos en pequeños grupos sobre la mesa, alrededor de un elegante jarrón con rosas rojas, crisantemos blancos y hojas de vid.
—¡Ya viene! Beth, ¡empieza a tocar! Amy, ¡abre la puerta! ¡Tres hurras por Marmee! —exclamó Jo dando saltos por toda la habitación mientras Meg salía para acompañar a su madre hasta el sitio de honor.
Beth tocó una alegre marcha, Amy abrió la puerta de par en par y Meg actuó de escolta con gran dignidad. La señora March estaba emocionada y sorprendida; sonrió satisfecha mientras repasaba con la mirada los regalos y leía las pequeñas notas que los acompañaban. Las zapatillas le entraron a la primera, se guardó un pañuelo en el bolsillo, se perfumó con la colonia de Amy, se colocó la rosa en el pecho y aseguró que los guantes le quedaban perfectos.
Rieron, se besaron y charlaron con la sencillez y calidez que hacen que los encuentros familiares sean tan gratos en su momento y se recuerden con cariño mucho tiempo después. Luego volvieron a ponerse manos a la obra.