Mujercitas
Mujercitas Todas las mañanas tenía que lavar las copas, pulir unas cucharas pasadas de moda, limpiar una gran tetera de plata y pasar un trapo a los vasos hasta dejarlos brillantes. Después debía encargarse de quitar el polvo a la sala. ¡Qué dura prueba! La tía March veía hasta la más mínima mota y todos los muebles tenían pies labrados, de modo que nunca quedaban lo suficientemente limpios para su gusto. A continuación, se ocupaba de dar de comer a Polly, el loro, cepillaba al perro, subía y bajaba por las escaleras una docena de veces para ir a buscar cosas o hacer encargos porque la anciana, que estaba bastante impedida, rara vez se levantaba de su butaca. Una vez completadas tan agotadoras tareas, le quedaba estudiar, lo que terminaba de poner a prueba su virtud. Solo entonces disponía de una hora para hacer ejercicio o jugar, ¡y cómo la disfrutaba! Laurie iba a diario y engatusó a la tía March hasta que ésta consintió en dejar a Amy salir a pasear con él, y entonces sí lo pasaba en grande. Después de comer, tenía que leer en voz alta sin interrumpirse ni moverse de la silla, aunque la anciana se quedase dormida al término de la primera página y no despertase hasta al cabo de una hora. Luego venía la costura, de paños o de colchas de patchwork, y Amy se aplicaba a la labor con aparente dedicación mientras por dentro se rebelaba, hasta que caía la tarde, momento en que volvía a gozar de libertad para divertirse con lo que quisiera hasta la hora de la cena. Las noches eran lo peor, porque la tía March le explicaba batallitas de cuando era joven, tan interminables y aburridas que Amy no veía la hora de irse a la cama a llorar su suerte, aunque por lo general caía rendida a la primera o segunda lágrima derramada.