Mujercitas

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De no ser por Laurie y por Esther, la anciana criada, no hubiese podido soportar aquellos días terribles. El loro por sí solo ya era suficiente tormento; consciente de que no despertaba admiración alguna en la niña, se vengaba cometiendo mil y una maldades. Si se le acercaba, le tiraba del cabello; cuando acababa de limpiarle la jaula, volcaba el recipiente con pan y leche; picoteaba a Mop para que ladrara mientras la anciana dormía la siesta, insultaba a la niña delante de las visitas y se comportaba como un pájaro viejo y maleducado. Amy tampoco soportaba al perro, un animal gordo y malhumorado, que gruñía y ladraba cuando le aseaba, y se tumbaba patas arriba con una expresión estúpida cuando quería que le diesen de comer, lo que ocurría más de doce veces al día. La cocinera tenía muy mal genio, el chófer, además de viejo, estaba sordo, y Esther era la única que se ocupaba de ella.







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