Mujercitas
Mujercitas Esther era una francesa que llevaba muchos años al servicio de «madame», como solía referirse a la anciana, y la dominaba a su antojo, consciente de que la tía March no sabría pasar sin ella, Su verdadero nombre era Estelle, pero la tía March le ordenó que lo cambiara y ella obedeció con la condición de que nunca le pediría que renegase de su religión. Como mademoiselle le había caído en gracia, le contaba anécdotas curiosas de su vida en Francia mientras planchaba los cuellos de madame. También la dejaba curiosear por toda la casa y rebuscar entre las cosas, originales y hermosas, que se guardaban en grandes armarios y antiguos baúles, pues la tía March atesoraba de todo, cual urraca. El preferido de Amy era un mueble indio lleno de extraños cajones, huecos y lugares secretos en los que había toda clase de adornos y joyas, de distinto valor y antigüedad. A Amy le encantaba examinar y ordenar aquellos tesoros, sobre todo los que encontraba en joyeros de fondo acolchado y aterciopelado, que custodiaban las joyas que habían embellecido a una dama cuarenta años atrás. Había un conjunto de granate que la tía March había lucido en su puesta de largo, el collar de perlas que su padre le regaló para su boda, piezas con diamantes, regalo del novio, sortijas y broches de luto, medallones con retratos de amigas ya muertas y con mechones de pelo, pulseras de cuando su única hija era pequeña, el reloj del tío March y, en una caja, aparte, la sortija que la tía March ya no se podía poner porque tenía los dedos más gruesos, pero que guardaba con celo, como su joya de más valor.