Mujercitas
Mujercitas 
—Si mademoiselle tuviera que quedarse con una de estas joyas, ¿qué elegirÃa? —preguntó un dÃa Esther, que siempre permanecÃa a su lado para cuidar de las alhajas y volver a dejarlas en su sitio.
—Prefiero los diamantes, pero no hay ningún collar de diamantes y me gustan mucho los collares; creo que son muy favorecedores. Si pudiera, me quedarÃa con esto —contestó Amy mirando embelesada una cadena de oro con cuentas de ébano de la que colgaba una pesada cruz del mismo material.
—A mà también me gusta, pero no es un collar; para mà es un rosario, y como tal lo usarÃa, como buena católica que soy —apuntó Esther sin dejar de mirar la hermosa pieza.
—¿Sirve para lo mismo que esa cadena de cuentas de madera que huelen tan bien que tienes en tu tocador? —preguntó Amy.
—SÃ, es para rezar. Estoy segura de que los santos preferirÃan que esta joya sirviese como rosario, no como un vano collar.
—Parece que tus oraciones te aportan un gran consuelo, Esther; después de rezar siempre pareces tranquila y satisfecha. ¡Ojalá yo pudiera sentirme asÃ!