Mujercitas
Mujercitas —Si mademoiselle fuese católica, encontrarÃa el mismo consuelo pero, como no lo es, le recomiendo que reserve un rato cada dÃa para meditar y orar, como hacÃa la buena señora a la que servà antes de empezar a trabajar para madame. DisponÃa de una capilla y en ella encontraba alivio a sus muchas penas.
—¿EstarÃa bien que lo hiciese? —preguntó Amy. En su soledad, sentÃa la necesidad de encontrar consuelo y ayuda pero, ahora que Beth no estaba para recordárselo, olvidaba constantemente leer el libro que su madre le habÃa regalado.
—No solo es una idea excelente, sino que resultarÃa encantador. Si me lo permite, le prepararé un espacio en el vestidor. No le diga nada a madame. Cuando se quede dormida, vaya allà a pasar un rato a solas, pensar en cosas buenas y pedirle a Dios que ayude a su hermana.
Esther era muy piadosa y su consejo no podÃa ser más sincero. TenÃa un gran corazón y lamentaba mucho la angustia de las hermanas. A Amy le gustó la idea y aceptó que preparase el vestidor que habÃa junto a su habitación, con la esperanza de que la ayudase a encontrarse mejor.
—Me pregunto adónde irán todas estas cosas bonitas cuando la tÃa March muera —comentó mientras dejaba en su lugar el brillante rosario y cerraba los joyeros uno tras otro.