Mujercitas

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Dedicó una de las horas de las que disponía para jugar a redactar el importante documento con tanto celo como pudo. Esther le ayudó con algunos términos legales y, una vez que la buena mujer hubo estampado su firma como testigo, Amy sintió un gran alivio y lo dejó a un lado, a espera de dárselo a firmar a su segundo testigo previsto: Laurie. Como llovía, subió a la planta de arriba para jugar en uno de los dormitorios grandes y se llevó a Polly por toda compañía. En la habitación había un armario ropero lleno de trajes pasados de moda y Esther le permitía usarlos como disfraces. Vestir aquellos brocados deslucidos y desfilar ante el espejo, haciendo reverencias y oyendo el sonido de la cola al rozar el suelo, era su entretenimiento favorito. Aquel día, estaba tan absorta en su juego que no oyó el timbre cuando Laurie llegó ni le vio asomar la cabeza y contemplarla mientras ella iba muy seria de un lado a otro, moviendo coqueta su abanico e inclinando la cabeza, que había cubierto con un gran turbante rosa que contrastaba vivamente con su vestido de brocado azul y su enagua amarilla acolchada. Caminaba con sumo cuidado ya que se había puesto unos zapatos de tacón y, según Laurie explicó después a Jo, resultaba de lo más cómico verla andar con pasitos cortos, vestida con aquel llamativo atuendo, mientras Polly la seguía de cerca, con aire digno, imitándola lo mejor que sabía y parándose de vez en cuando para soltar una carcajada o exclamar: «¡Qué bien estamos! ¡Aléjate, espantajo! ¡Cuida tu lengua! ¡Bésame, querida! Ja, ja».


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