Mujercitas

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Laurie contuvo como pudo la risa para no ofender a su majestad, llamó a la puerta y Amy le invitó a pasar.

—Siéntate y descansa un rato mientras me quito todo esto. Luego tengo que hablar contigo de un asunto muy serio —anunció Amy una vez que hubo mostrado su esplendor y dejado en un rincón a Polly—. Este pájaro es un suplicio —prosiguió mientras se quitaba de la cabeza la montaña de tela rosa y Laurie se acomodaba en una silla—. Ayer, cuando la tía estaba dormida y yo pretendía pasar un rato tranquila, empezó a aletear y a gritar en la jaula. Fui para ver qué le pasaba y encontré una araña grande dentro. Abrí la jaula para sacarla y la araña corrió a esconderse bajo la estantería. Polly salió tras ella, se asomó a la parte de abajo de la estantería y dijo de esa forma tan divertida en la que habla y guiñando un ojo: «Querida, sal a dar una vuelta». Me eché a reír sin remedio. Polly lanzó un par de exclamaciones y despertó a la tía, que nos riñó a los dos.

—¿Aceptó la araña la invitación de nuestro viejo amigo? —preguntó Laurie bostezando.

—Sí, salió y el loro echó a correr muerto de miedo, se agarró al respaldo de la butaca de la tía y empezó a gritar «¡Atrápala, atrápala!», mientras yo hacía lo posible por cazarla.


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