Mujercitas
Mujercitas —¡Es mentira! ¡Oh, Dios! —gritó el loro picoteando los dedos de los pies a Laurie.
—Si fueras mÃo, te retorcerÃa el pescuezo, viejo incordio —protestó Laurie amenazando con el puño al animal, que ladeó la cabeza y respondió muy serio: «¡Aleluya! ¡Benditos sean los botones, querida!».
—Ya estoy lista —anunció Amy, que, tras cerrar el ropero, sacó un papel del bolsillo—. Por favor, quiero que leas esto y me digas si está bien y es legal. Sentà que debÃa hacerlo, porque la vida es incierta y no quiero que mi muerte desate rencillas.

Laurie se mordió los labios, se giró un poco y empezó a leer el documento, con encomiable seriedad teniendo en cuenta su contenido:
MI ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTIMENTO
Yo, Amy Curtis March, estando en plenitud de facultades mentales, doy y lego todos mis bienes personales del siguiente modo:
A mi padre, mis mejores cuadros, dibujos, mapas y obras de arte, marcos incluidos. También los cien dólares que poseo, para que haga con ellos lo que quiera.
A mi madre, toda mi ropa, salvo el delantal azul con bolsillos, también mi retrato y mi medalla, con mucho cariño.