Mujercitas
Mujercitas —Lamento haber hablado pero, puesto que he empezado, te lo diré todo. Un dÃa se sintió tan enferma que le dijo a Jo que deseaba dejar su piano a Meg, su pájaro a ti y su vieja muñeca a Jo, que la querrÃa por ella. Dijo que sentÃa tener tan poco que dar; a los demás, nos dejaba mechones de su cabello y a mi abuelo, todo su amor. Pero nunca pensó en hacer testamento.
Mientras hablaba, Laurie firmó y selló el documento, y no levantó la cabeza hasta que una gruesa lágrima cayó sobre el papel. Amy le miró con preocupación, pero solo elijo:
—¿No se pueden añadir cosas a los testamentos?
—SÃ, se les llama «codicilos».
—Pues pongamos uno en el mÃo. Quiero que corten todos mis bucles y los repartan entre mis amigas. Lo habÃa olvidado, pero quiero que lo hagan, aunque estaré más fea.
Laurie lo añadió, sonriendo ante aquel último y gran sacrificio de Amy. Luego la entretuvo durante una hora y se interesó por sus cuitas. Cuando llegó la hora de marcharse, Amy le retuvo y susurró con labios temblorosos:
—¿Corre Beth peligro?
—Temo que sÃ, pero esperamos que todo salga bien. No llores, querida. —Y Laurie le pasó un brazo por los hombros en un gesto fraternal para consolarla.