Mujercitas
Mujercitas —SÃ, mamá. Cuando vuelva a casa haré sitio en el armario grande para poner los libros y una copia de este cuadro que he tratado de pintar. El rostro de la mujer no me ha quedado muy bien, no soy capaz de reproducir su belleza, pero el niño me ha salido mejor y estoy contenta. Me gusta pensar que nuestro Señor también fue un niño, porque eso hace que le sienta más próximo y me ayuda.
Mientras Amy señalaba a un sonriente niño Jesús sentado sobre las rodillas de su madre, la señora March vio algo en la mano de su hija que la hizo sonreÃr. No dijo nada, pero Amy entendió lo que aquella sonrisa significaba y, tras una breve pausa, añadió muy seria:
—Pensaba comentártelo, pero se me olvidó. La tÃa me ha regalado este anillo hoy. Me mandó llamar, me dio un beso y lo puso en mi dedo diciendo que estaba orgullosa de mà y que le gustarÃa tenerme siempre a su lado. Me ha dado este otro para que no se me caiga el de turquesa, que es demasiado grande para mi dedo. Me gustarÃa llevarlos puestos, ¿me dejas, mamá?
—Son muy bonitos, pero creo que aún eres muy joven para usar esta clase de joyas, Amy —respondió la señora March mientras observaba el efecto que la hilera de piedras azul cielo y el curioso anillo de oro con dos diminutas manos entrelazadas producÃan en la mano pequeña y rolliza de su hija.