Mujercitas

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Aquella noche, mientras Meg escribía a su padre para darle noticias sobre el viaje y la llegada de su madre, Jo subió a la habitación de Beth y encontró a la señora March sentada donde acostumbraba. Se quedó unos segundos quieta, retorciéndose el cabello con los dedos en un gesto que indicaba indecisión y preocupación.

—¿Qué te ocurre, querida? —preguntó la señora March tomándole la mano para inspirarle confianza.

—Mamá, hay algo que te quiero contar.

—¿Es sobre Meg?

—¡Qué rápido lo has adivinado! Sí, es sobre ella y, aunque es algo sin importancia, me preocupa.

—Beth duerme; habla en voz baja y cuéntamelo todo. Espero que ese joven, Moffat, no haya venido por aquí —comentó la señora March con dureza.

—No, y de haberse atrevido, le habría cerrado la puerta en las narices —dijo Jo sentándose en el suelo, a los pies de su madre—. El verano pasado Meg se dejó un par de guantes en casa de los Laurence y solo recuperó uno. Nadie le dio importancia al asunto, hasta que Teddy me contó que el señor Brooke tenía el guante. Lo llevaba en el bolsillo de su abrigo y; en una ocasión, se le cayó y Teddy bromeó al respecto. El señor Brooke reconoció que le gustaba Meg, pero que no se atrevía a confesarlo porque ella era muy joven y él, muy pobre. ¿No te parece terrible?


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