Mujercitas

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—¿Y tú crees que a Meg le gusta él? —preguntó la señora March con cierta preocupación.

—¡Pobre de mí! ¡No entiendo nada del amor ni de esa clase de tonterías! —exclamó Jo, con una divertida mezcla de interés y desprecio—. En las novelas, se nota cuando una muchacha está enamorada porque se ruboriza, se desmaya, adelgaza o se comporta como una tonta. Meg no hace nada de eso; come, bebe y duerme como una persona normal. Me mira a los ojos cuando hablamos de este hombre y solo se ruboriza ligeramente cuando Teddy hace alguna broma sobre enamorados. Le tengo prohibido que lo haga, pero no me hace caso.

—Entonces, ¿supones que a Meg no le interesa John?

—¿Quién? —exclamó Jo, perpleja.

—El señor Brooke. Ahora le llamo John. En el hospital, empecé a llamarle por su nombre y a él le complace.

—¡Oh, Dios mío! Sabía que te pondrías de su parte. Claro, como ha sido tan bueno con papá, en lugar de mandarle a paseo, le dejarás casarse con Meg si así lo quiere. ¡Qué listo! Fue a cuidar de papá y te ofreció su ayuda para engatusarte y obtener tu favor. —Jo volvió a juguetear con su cabello, visiblemente nerviosa.


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