Mujercitas

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Tenía razón. El travieso muchacho intuyó enseguida el misterio y, decidido a averiguar de qué se trataba, hizo la vida imposible a Jo. Rogó, prometió, la ridiculizó, amenazó y riñó, fingió indiferencia para sonsacarla sin que se diese cuenta, afirmó que ya lo sabía, para luego decir que no le importaba y, por fin, en premio a su perseverancia, consiguió que su amiga le confirmase que el asunto concernía a Meg y al señor Brooke. Indignado porque su tutor tuviese secretos para con él, empezó a idear la forma de vengar la afrenta.

Mientras tanto, Meg parecía haber olvidado la cuestión y estaba concentrada en los preparativos de la vuelta de su padre a casa. Sin embargo, de pronto algo pareció cambiar en ella y durante un par de días tuvo un comportamiento muy extraño. No prestaba atención cuando le hablaban, se ruborizaba si alguien la miraba y cuando se sentaba a coser adoptaba una actitud reservada y parecía preocupada. A las preguntas de su madre, contestaba que se encontraba perfectamente, y a Jo le pedía que la dejara sola.

—Le ocurre algo. Debe de ser el amor, claro está. Y le está dando fuerte. Tiene casi todos los síntomas; está nerviosa y malhumorada, no come, le cuesta dormir y anda con cara mustia. La pillé cantando una canción de amor y una vez dijo John, como haces tú, y se puso roja como un tomate. ¿Qué podemos hacer? —preguntó Jo, dispuesta a tomar cartas en el asunto.


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