Mujercitas

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—Nada, salvo esperar. Déjala sola y trátala con dulzura y paciencia. Cuando papá vuelva, todo se arreglará —contestó la madre.

—Meg, hay una carta para ti, está sellada. ¡Qué raro! Teddy nunca sella las mías —comentó Jo al día siguiente, mientras repartía el contenido de su pequeña oficina de correos privada.

La señora March y Jo estaban concentradas en sus labores cuando Meg lanzó una exclamación que les hizo levantar la cabeza. Vieron que miraba fijamente la carta con expresión de espanto.

—Hija, ¿qué ocurre? —preguntó la madre, que fue rápidamente hacia ella, mientras Jo intentaba hacerse con la nota que la había sumido en aquel estado.

—Es un error. No la ha mandado él. ¡Oh, Jo! ¿Cómo has podido? —Meg se tapó el rostro con las manos y se echó a llorar como si le hubiesen partido el corazón.

—¿Yo? ¡No he hecho nada! ¿De qué estás hablando? —exclamó Jo, desconcertada.

En los dulces ojos de Meg destelló la ira mientras sacaba una carta del bolsillo y se la lanzaba a Jo diciendo en tono de reproche:

—Tú la has escrito y ese muchacho malo te ha ayudado. ¿Cómo has podido ser tan maleducada, tan malintencionada y tan cruel con ambos?


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