Mujercitas
Mujercitas —He estado tan asustada y preocupada en estos dÃas que no deseo pensar en noviazgos por una larga temporada, o tal vez nunca —contestó Meg malhumorada—. Si John no está al corriente de todo este disparate, no le digas nada y procura que Jo y Laurie vigilen sus palabras. No quiero que se rÃan de mà ni me hagan pasar malos ratos. ¡Es una vergüenza!
Al ver que Meg, por lo general amable y tranquila, habÃa perdido los nervios con aquella broma de mal gusto y se sentÃa herida en su orgullo, la señora March la apaciguó prometiéndole que, en adelante, guardarÃan silencio absoluto y llevarÃan el asunto con la máxima discreción. Meg se retiró en cuanto oyó a Laurie en el vestÃbulo y la señora March recibió al acusado. Jo no habÃa informado al joven del motivo por el que se le requerÃa, por miedo a que se negase a ir, pero él intuyó de inmediato lo que ocurrÃa cuando vio el semblante severo de la señora March y comenzó a hacer girar su sombrero con aire culpable, lo que terminó de confirmar las sospechas que pesaban sobre él. La señora March rogó a Jo que los dejase a solas. La muchacha se quedó en el vestÃbulo, caminando de arriba abajo, como un centinela que temiese ver escapar al prisionero. Durante la siguiente media hora, se oyeron voces que subÃan y bajaban de tono, pero las muchachas no supieron nunca lo que se dijo en aquella entrevista.