Mujercitas

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—Fue una idea abominable y merezco que no me dirijas la palabra en un mes, pero no lo harás, ¿verdad? —dijo Laurie juntando las manos en actitud de súplica, bajando la mirada con aire de arrepentimiento y usando un tono tan irresistiblemente persuasivo que era imposible seguir enfadada con él, a pesar de lo escandaloso de su comportamiento. Meg le perdonó y la señora March relajó la dura expresión de su rostro, pese a sus esfuerzos por mantenerse seria, cuando le oyó declarar que expiaría sus culpas por medio de toda suerte de penitencias y se arrastraría como un gusano ante la doncella ofendida.

Entretanto Jo se mantenía a una prudente distancia, intentando en vano endurecer su corazón y logrando apenas una expresión de absoluta desaprobación. Laurie la miró en un par de ocasiones pero, como la muchacha no daba muestras de comprensión, se sintió muy molesto y le dio la espalda. Cuando terminó de escuchar a todas, hizo una larga reverencia y se fue sin decirle nada.

Tan pronto como se hubo marchado, Jo se arrepintió de no haberse mostrado más indulgente y, cuando Meg y su madre subieron por las escaleras, se sintió sola y deseó estar con Teddy. Resistió la tentación durante un tiempo pero al final, siguiendo su impulso, se dirigió a la casa grande, con la excusa de ir a devolver un libro.


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