Mujercitas

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—¿Está el señor Laurence en casa? —preguntó a la sirvienta, que bajaba por las escaleras.

—Sí, señorita, pero no creo que pueda recibirla en estos momentos.

—¿Por qué? ¿Está enfermo?

—¡Por Dios! No, señorita, pero ha estado discutiendo con el señor Laurie, que tiene una de esas rabietas por culpa de no sé qué que tanto molestan al anciano señor, y no me atrevo a decirle nacía.

—¿Dónde está Laurie?

—Se ha encerrado en su habitación y no responde por mucho que llamen a la puerta. No sé qué va a pasar con la cena, porque ya está lista y parece que nadie quiere comer.

—Iré a ver qué pasa. No me da miedo ninguno de ellos.

Jo subió por las escaleras y dio varios golpes rápidos en la puerta del pequeño estudio de Laurie.

—¡Deja de llamar o abriré y te obligaré a parar! —gritó el muchacho en tono amenazador.

Jo volvió a llamar y, cuando Laurie abrió, entró a toda prisa, antes de que él se repusiera de la sorpresa. Era evidente que su amigo estaba de mal humor, pero Jo sabía cómo lidiar con él. Se arrodilló con mucha gracia, con una expresión de arrepentimiento, y dijo humildemente:


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