Mujercitas
Mujercitas —Por favor, perdóname por haberme enfadado tanto. He venido a hacer las paces y no me iré hasta que lo haya logrado.
—Está bien, levántate. Deja de hacer el ganso, Jo —repuso el caballero.

—Gracias. Asà lo haré. ¿Puedo saber qué ha ocurrido? No pareces muy calmado que digamos.
—Me han zarandeado y ¡no lo consiento! —gruñó Laurie indignado.
—¿Quién ha sido? —inquirió Jo.
—Mi abuelo. De haber sido otra persona, le habrÃa… —En lugar de terminar la frase, el ofendido joven hizo un enérgico gesto con el brazo derecho.
—Eso no es nada. Yo te zarandeo constantemente y no te enfadas —dijo Jo para apaciguarle.
—¡Bah! Tú eres una chica y lo haces de broma, pero no consentiré que ningún hombre me zarandee.
—Si te alteras tanto como ahora, dudo que ninguno se atreva. ¿Por qué te ha zarandeado tu abuelo?
—Se enfadó porque no quise decirle para qué me habÃa mandado llamar tu madre. He prometido no decir nada y no pienso faltar a mi palabra.
—¿Y no podÃas haber dicho algo para tranquilizarle?