Mujercitas
Mujercitas —Y tú, muchachita, ¿cómo te atreves a hablarme en este tono? ¿Dónde han quedado el respeto que me debes y tu buena educación? ¡Vaya con los chicos y las chicas! Sois un verdadero tormento, pero no sabrÃamos estar sin vosotros —dijo, pellizcándole las mejillas, de buen humor—. Ve a buscar al muchacho y dile que baje a cenar; que está todo bien pero que haga el favor de no poner cara de drama, porque no lo soporto.
—No vendrá, señor. Está ofendido porque usted no le creyó cuando le dijo que no le podÃa contar nada. Y creo que le dolió en el alma que le zarandeara.
Jo intentó mostrarse compungida, pero es evidente que no lo consiguió, porque el señor Laurence se echó a reÃr, y ella supo que habÃa ganado la partida.
—Lo lamento y supongo que deberÃa darle las gracias porque no me zarandeara a mÃ. ¿Qué espera el muchacho que haga? —El anciano parecÃa avergonzado de la dureza con la que le habÃa tratado.
—Yo, en su lugar, le escribirÃa una nota de disculpa, señor. Dice que no bajará hasta que le pida perdón y amenaza con irse a Washington, entre otras ideas descabelladas. Una disculpa formal le harÃa ver lo irracional que está siendo y hará que baje de buen humor. Pruébelo. Será divertido y una nota es mejor que ponerse a discutir. Yo se la llevaré y le haré entrar en razón. El señor Laurence la miró con severidad y se puso los lentes diciendo entre dientes: