Mujercitas
Mujercitas —Niña traviesa… Tanto tú como Beth hacéis de mà lo que queréis, pero no me importa. Venga, dame un papel y acabemos con esta tonterÃa de una vez.
El anciano escribió una nota en los términos que emplea un caballero para disculparse ante otro por una grave afrenta. Jo le dio un beso en la calva y corrió escaleras arriba. Pasó la carta por debajo de la puerta del estudio de Laurie, y por el ojo de la cerradura le rogó que fuese dócil, decoroso y alguna que otra lindeza imposible. Como la puerta volvÃa a estar cerrada, se marchó con la esperanza de que la nota cumpliese su cometido y, cuando bajaba por las escaleras, su amigo apareció y se deslizó por la barandilla. Una vez abajo, la recibió con alegrÃa y risa contenida, y exclamó:
—¡Qué buena amiga eres, Jo! ¿Te ha reñido?
—No, hemos charlado educadamente.
—Vaya, adiós a mi viaje. Me has dejado solo en esto, y yo que tenÃa ganas de dar la campanada —dijo con tono de disculpa.
—No hables asÃ. Mejor pasa página y empieza de nuevo, querido Teddy.
—No paro de pasar página, pero las estropeo todas, como solÃa hacer con mis cuadernos de caligrafÃa. Si no hago más que empezar una y otra vez, nunca terminaré nada —apuntó con tristeza.