Mujercitas
Mujercitas —TÃa March, ¿cómo se atreve a afirmar algo asÃ? John está por encima de esas mezquindades. No seguiré escuchando acusaciones como estas ni un minuto más —exclamó Meg, indignada por lo injusto de las sospechas de la anciana dama—. Mi John no se casarÃa por dinero, y yo tampoco. Estamos dispuestos a trabajar y a esperar lo que sea preciso. No me asusta ser pobre porque hasta ahora he sido feliz, y sé que con él también lo seré porque me quiere y yo…
Meg se detuvo al recordar, de súbito, que no habÃa tomado ninguna decisión al respecto. HabÃa dicho a «su John» que se marchase, y lo más probable era que él estuviese escuchando sus incoherentes alegatos.
La tÃa March estaba furiosa porque querÃa a toda costa encontrarle un buen partido a su hermosa sobrina, y la expresión de felicidad de la joven hacÃa que a la solitaria anciana la embargasen la tristeza y la amargura.
—¡Bueno, yo me lavo las manos! Eres una niña tozuda y con tu actitud perderás más de lo que crees. No; no pienso quedarme aquÃ. Me has dado un disgusto y ahora no estoy de humor para ver a tu padre. No esperes nada de mà cuando estés casada. Que cuiden de ti los amigos de tu querido señor Brooke. Yo he terminado contigo para siempre.