Mujercitas
Mujercitas Y, dicho esto, la tía March le dio un portazo en las narices y se fue de un humor de perros. Al marcharse, Meg sintió que el valor la abandonaba y, una vez a solas, no supo si reír o llorar. Antes de que pudiese decidirse, el señor Brooke entró y la abrazó diciendo:
—Meg, no he podido evitar oírte. Te agradezco que hayas salido en mi defensa. Ahora, gracias a la tía March, sé que me quieres un poco.
—No era consciente de cuánto hasta que la oí criticarte… —empezó Meg.
—Entonces, querida, será mejor que me quede y seamos felices, en lugar de alejarme de ti, ¿no te parece?
En ese punto, Meg tuvo otra excelente ocasión para pronunciar su discurso de despedida y marcharse con la cabeza alta, pero no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que, degradándose para siempre a los ojos de Jo, musitó tímidamente «Sí, John» y ocultó su rostro en el abrigo del señor Brooke.
Quince minutos después de la partida de la tía March, Jo bajó sin hacer ruido por las escaleras, se detuvo unos segundos ante la puerta de la sala y, al no oír nada, asintió y sonrió con satisfacción pensando: Le ha despedido, como dijo. Asunto resuelto. Entraré para que me cuente los detalles y reírme un rato.