Mujercitas

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Pero la pobre Jo no tuvo razones para reír, sino que se quedó clavada en el umbral contemplando, boquiabierta y con los ojos como platos, la escena que allí tenía lugar. Dado que había entrado en la sala dispuesta a regocijarse de la caída de su enemigo y a alabar la fortaleza y decisión con la que su hermana había rechazado a un pretendiente harto cuestionable, no es de extrañar que se quedase de una pieza al encontrar al enemigo en cuestión tranquilamente sentado en un sofá, con la resuelta hermana acomodada en sus rodillas con una expresión de sumisión repulsiva. Jo dejó escapar una especie de grito ahogado, como si acabasen de arrojarle un cubo de agua helada, pues semejante cambio de tornas la había dejado sin aliento. Al oír el extraño sonido, los enamorados volvieron la cabeza y la vieron. Meg se levantó de un salto, con una expresión que era una mezcla de timidez y orgullo, mientras «aquel hombre», como le llamaba Jo, se echaba a reír y, después de dar un beso en la mejilla a la atónita recién llegada, decía con tono desenfadado:

—¡Jo, hermanita, felicítanos!

¡Aquello era un auténtico insulto! ¡La gota que colmaba el vaso! Tras hacer un gesto elocuente con las manos, Jo desapareció sin decir palabra. Corrió escaleras arriba y dejó perplejos a los enfermos al irrumpir en la habitación exclamando en tono trágico:


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