Mujercitas
Mujercitas La campanilla que anunciaba la cena sonó antes de que terminara de describir el paraíso que esperaba poder ofrecer a Meg, y el señor Brooke se sentó con ellos a la mesa orgulloso. Ambos parecían tan felices que Jo no sabía si se sentía celosa o contrariada. Amy estaba muy impresionada con la devoción de John y la dignidad de Meg. Beth sonreía complacida a cierta distancia, y el señor y la señora March observaban a la joven pareja con tal ternura y satisfacción que era evidente que la tía March tenía razón al compararlos con un par de niños. Apenas comieron, pero todos estaban felices y la vieja estancia parecía resplandecer, como si acoger la primera historia de amor de las muchachas le otorgase una luz distinta.
—Ahora ya no podrás decir que aquí no ocurre nunca nada bueno, ¿verdad, Meg? —comentó Amy mientras decidía dónde dispondría a los dos enamorados en el dibujo que había decidido hacer.
—No, está claro que no. ¡Cuántas cosas han ocurrido desde que pronuncié aquella frase! Parece que haya transcurrido un año entero —contestó Meg, que tenía la sensación de soñar despierta y flotar por encima de las cosas mundanas.