Mujercitas
Mujercitas —¡Es cierto! ¿No te gustarÃa que fuese posible saber qué será de nosotros para aquel entonces? —preguntó Laurie.
—La verdad es que no, porque tal vez me encontrase con algo triste. Y ahora están todos tan felices que no creo que las cosas puedan ir mejor. —Y Jo recorrió con la mirada la estancia, donde todos estaban radiantes, pues las perspectivas eran muy halagüeñas.
El padre y la madre estaban sentados juntos, recordando los primeros momentos de su historia de amor, que habÃa empezado veinte años atrás. Amy dibujaba a los novios, que estaban perdidos en un mundo de ensueño, cuya luz proporcionaba a sus rostros una belleza que la artista era incapaz de copiar. Beth, tumbada en el sofá, charlaba animadamente con su anciano amigo, que le sostenÃa la mano como si creyera que asà se le permitirÃa transitar por los caminos de paz que la niña recorrÃa. Jo estaba recostada en su sillón favorito, con expresión seria y tranquila, y Laurie, apoyado en el respaldo, con la barbilla junto a la rizada cabellera, le sonrió con amabilidad y le hizo un gesto con la cabeza en el reflejo del gran espejo que tenÃan ante sÃ.