Mujercitas

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Las niñas ponían sus corazones en manos de su madre, y su alma, en las de su padre. Y ambos progenitores vivían y trabajaban por ellas. Su amor crecía día a día, y el dulce vínculo que les mantenía unidos era de esos que convierten la vida en una bendición y persisten más allá de la muerte.

La señora March sigue tan activa y alegre, pero sus cabellos están algo más encanecidos que la última vez que la vimos. Ahora está tan dedicada a los preparativos de la boda de Meg que muchos hospitales y casas, todavía llenos de soldados heridos y viudas, echan de menos sus piadosas visitas.

John Brooke cumplió valientemente con sus obligaciones en el ejército durante un año, resultó herido, le enviaron a casa y le prohibieron regresar al frente. No le condecoraron, aunque merecía tal honor porque arriesgó sin dudarlo cuanto tenía: la vida y el amor son bienes muy preciados, sobre todo cuando están en plena eclosión. El joven aceptó de buen grado su baja y se dedicó en cuerpo y alma a recuperarse, intentar prosperar y obtener un hogar que poder ofrecerle a Meg. Su sentido del deber y su feroz independencia le hicieron rechazar la generosa ayuda que el señor Laurence estaba dispuesto a brindarle, y aceptó un puesto en una teneduría de libros, porque prefería empezar honestamente, con un sueldo humilde, que arriesgar un dinero prestado.


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