Mujercitas
Mujercitas Meg le rogó en vano que parara. John se reía de él y Jo le llamaba «señor Toodles». Parecía poseído por el extraño deseo de comprar ingenios yanquis, y el hecho de que sus amigos necesitasen un ajuar le brindaba la ocasión perfecta. Así, cada semana aparecía con algún nuevo y absurdo hallazgo.
Al final, todo quedó a punto. Amy llegó a disponer jabones a juego con los colores de las habitaciones y Beth dejó puesta la mesa para la primera comida del futuro matrimonio.
—¿Estás contenta? ¿Te gusta cómo ha quedado tu hogar? ¿Sientes que podrás ser feliz aquí? —preguntó la señora March mientras recorría el nuevo reino cogida del brazo de Meg, en un momento en que madre e hija estaban más unidas que nunca.
—Sí, mamá, estoy muy contenta, gracias a todos. Y me siento tan feliz que no encuentro palabras para expresarlo —contestó Meg, con una mirada que valía mil palabras.
—Si por lo menos tuvieses un par de sirvientes, todo iría mejor —dijo Amy al salir de la salita, donde había estado tratando de decidir si la figura de bronce de Mercurio quedaba mejor sobre la estantería o sobre la repisa.